Hace unos días, mi pequeña hija de 2 años se encerró en el cuarto principal del apartamento donde vivimos, colocándole seguro. Pero, además se encerró en el baño que hay en la habitación y también con seguro.

En resumen, quedó atrapada en el baño sin poder abrir la puerta, pues la perilla es muy grande para sus manos. Nosotros al darnos cuenta de lo sucedido, buscamos las llaves que supuestamente abren las puertas principales – ya que las de los baños se pueden abrir hasta con las uñas – y ninguna de las llaves nos sirvió. Lo que al principio traté de tomar con calma, se fue convirtiendo en desespero.

Mi hija estaba encerrada en el baño, y encerrada en el cuarto. No sabiamos si estaba jugando con el agua, o que cosas podrían pasar.

En esos momentos tuve la idea de bajar rápidamente y ver si habia una escalera que me permitiera entrar por la ventana que da a la calle. Pero es un quinto piso, y en el conjunto de edificios donde vivo no tienen este tipo de herramientas porque la ley no lo permite. Mi desespero aumentó, ya que mi esposa le gritaba a mi hija buscando su respuesta, y así saber que estaba bien. Y se aumentó, porque luego de unos minutos, nuestra hija dejó de hablar. Como padres pensamos lo peor.

De repente, la persona encargada del mantenimiento me preguntó que sucedía. Le conté, y el accedió ayudarme. Subí muy rápido al apartamento, y mi hija ya no respondía, ella por su propia cuenta decidió no hablar más. Así que decidí tratar de abrir la puerta tal y como sucede en las películas, con un super empujón… resultado… no se abrió. De repente llegó el Señor del mantenimiento, y trató de abrir la puerta con una tarjeta en la chapa, pero no pudo. Finalmente, se detuvó, observó y pensó. Se dio cuenta que por encima de la puerta había un espacio tapado por un pedazo de madera, que al quitarlo daría suficiente espacio para entrar al cuarto. Lo quitó, pero no pudo pasar. Sin embargo, se dio cuenta de que si usabamos el palo de una escoba podría girar el botón que aseguraba la puerta. Y esto hizo. De esta manera, abrimos la puerta, yo entré rápidamente, abrí la del baño, y encontré a mi hija sentada jugando con la crema dental. ¡El susto había terminado!

Aparte de lo más precavidos que debemos ser de ahora en adelante, aprendí muchas cosas de este suceso. Cosas de las que estoy seguro hemos oido, visto, o vivido, pero que cuando llegan los momentos para actuar se nos olvidan. Creo que si hubiese mantenido mi cabeza en frío, sin dejarme exaltar por los cuadros imaginarios de las tragedias que podrían suceder sino lograba abrir la puerta, habría podido hacer lo mismo que aquel amable Señor. Pero no lo logré, porque mi mente estaba turbia, pensando en el peor de los escenarios, en lo frustante y culpable que me sentiría si algo le llegara a ocurrir a nuestra hija.

Perdí el control, como jefe de hogar, como padre y como ser humano. Pero ¿qué aprendí?

Lo primero que aprendí es que debo respirar. En la India la respiración es fundamental para la práctica del Yoga – prácticas que incluso los católicos de la India realizan para meditar en la Biblia. La respiración regula nuestro estado mental, emociones, y la concentración, algo que sin duda permitirá analizar la situación y tomar mejores decisiones.

Lo segundo, es que de no haberme alterado, mi esposa tampoco lo habría hecho. Si yo estoy tranquilo, quienes estén alrededor también lo estarán, o por lo menos se evitará un desespero más fuerte e inmanejable. La persona que nos ayudó a abrir la puerta siempre estuvo serena, y así dio control a la situación.

Por último, que no estamos excentos de momentos o situaciones complicadas y dificiles. Por ende que si nuestra mente está aquietada, en paz, podremos ver las respuestas y el camino. Como dijo un profesor alguna vez: “el mayor ruido del ser humano se encuentra en su propia mente”.

Me gustaría conocer sus opiniones al respecto. Sus comentarios son bienvenidos.

Comments

Comments are closed.